“Pensé en ti mil veces... todavía lo hago”
Tuve el honor, el placer, el regalo de conocerlo. Y no sólo a él... sino al amigo, al bailarín, al decorador, al maquillador, al fotógrafo, al gay que se automariquiaba, al director de montaje del Museo de Arte Moderno de Barranquilla, al mesero, al salsero.
Conocí al Walter Pabuena. Él sí era el hombre orquesta: hacía de todo y todo lo hacía bien. Hasta de psicólogo servía después de algunos tragos… él me dijo una noche mil cosas al calor de las cervezas heladas en La Troja. Esa noche ya se le habían subido las cervezas a la cabeza y la dosis de fritanga que compró enfrente ya había sido digerida… me hablaba con mucha autoridad: “eres una mujer inteligente y hermosa… eso él no lo va a encontrar en ninguna más”. Y me señalaba con el dedo la parte izquierda de mi pecho. Como para que me quedara claro lo que sabía que en mi corazón no estaba aprendido hasta entonces.
Esa noche también me dijo que querías a “las putas” porque ellas eran mujeres que tenían sus historias… sus compliques, sus problemas y sabían arreglárselas para seguir adelante. Yo lo miraba a los ojos y le escuchaba cada palabra.
Estábamos solos hasta que llegaron Catalina y Alfonso. Ellos se sentaron en una mesa muy cerca a nosotros. También estaban David y Pacho. David también tomó fotos… ahora recuerdo. Hay muchas cosas que recuerdo de esa noche… entre otras que ha sido la única que vez que llegué tan temprano allá, después de trabajar toda la tarde juntos envolviendo los regalos que teníamos que repartir por protocolo oficial en diciembre de 2008. “Vamos a tomarnos una cerveza en La Troja”, me dijo, y yo, segura de que esa noche sería inolvidable, le dije de una vez que sí. He ido muchas veces a ese sitio… tantas que no recuerdo cuántas. Pero esa noche no se me olvida. Jamás.
Bailamos, nos reímos, compartimos cosas de las que nunca habíamos hablado a pesar de siempre haber sido muy cercanos… creo yo que esa noche nos hicimos más amigos. Insistió mucho en que pidiera que colocaran “Un Verano en Nueva York” y después de pedirla dos veces, sonó su canción. Me miró a los ojos, me agarró las manos y me dijo –me parece escucharlo todavía- “siempre que escuches esta canción, acuérdate de mí”. Y otras cosas como “la bailes con quien la bailes, acuérdate de mí”. La bailó con Cata y conmigo. Sé que tengo fotos mías de ese rumbón. No sé dónde, espero encontrarlas algún día. Recuerdo que luego lo acompañamos a la 46 a coger un bus, porque tenía que bajar en bus y luego sí tomar un taxi para que le saliera más barata la carrera hasta su casa.
Yo conocí al hombre orquesta… tuve el placer de conocerlo y hacer parte de su grupo de amigos. Tuve el honor de invitarlo a mi casa, de bailar con él, de reírnos de la vida. Fue el compadre de mi comadre Karem y mi compadre Leonardo, fue mi amiguito. Lo tengo aún guardado en mi celular como “Nórdica’”.
El 31 de diciembre llamé a Lee a preguntarle por él. Lo tuve todo el día presente. Ella me dio su nuevo número (una vez más… número nuevo por N vez). No tenía papel en el que escribir y lo anoté en la mesita que uso en mi cuarto. Ahí está todavía escrito con marcador naranja sobre la madera pintada de color beige. Es un recuerdo que no borraré jamás. Dos días después el hombre orquesta se fue a tocar al cielo. Nuevamente me encontré con Alfonso y con David. Con Karem, Leonardo, Will, Gabriel, John, Better y la lista sigue. Estábamos en su sepelio: el hombre orquesta se fue con su alegría, su amor, su dulzura y su música pa’ otra parte.
1 comentario:
muy bueno tu escrito martika
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