sábado, 17 de abril de 2010

Cómo bailan los cachacos... vistos por una costeña.


Tuve la oportunidad de estar 10 días en Bogotá, para el XII Festival Iberoamericano de Teatro. Tres de las 9 noches fui a la Carpa Cabaret, la rumba más chévere que se vive en esos días de festival en la capital de mi país. La primera de esas noches vi en escena otra vez a La 33, una excelente orquesta que zumba salsa moderna de lo lindo… calidosos, sabrosones… no pareciera que fuera una orquesta del interior del país… la segunda de esas noches fui especialmente a ver a Charles King, “El Palenquero Fino”, cantar champeta sabrosita, deliciosa… y la tercera y última, fui porque sí, a ver qué me encontraba… y oh sorpresa que se presentó una orquesta maravillosa… literalmente maravillosa pero no recuerdo su nombre… algo así como Sector 8, o nosequé… ellos se presentaron antes que lo hiciera Bomba Stéreo la noche de clausura… a los cuales no vi por físico cansancio físico.
Pero ese no es el punto. Lo realmente trascendental de este post es que me quedé detallando cómo bailan los cachacos… y di gracias a Dios por ser caribeña, Barranquillera que baila arrebatá. Ellos hacen su mejor esfuerzo… se nota. Sudan y se mueven de un lado a otro, brincandito, como haciendo que de los hombros les salga el sabor que a nosotros nos sale de las caderas, de la cintura, de los pies que se mueven cómplicemente y mucho mejor con los ojos cerrados…
Los cachacos dan vueltas y vueltas, van y vienen como jalados por una mano transparente que parece que se les atravesara para que no pudieran nunca quedarse quietos y abrazar a la pareja… los cachacos tienen contacto… visual. Se miran y sonríen aunque de ritmo pocón, pocón… yo, costeña, barranquillera, quisiera poder hacerles un taller masivo, así, tipo concierto en El Campín, en la plaza Simón Bolívar o en el parque con el mismo nombre para mover la cintura de un lado a otro sin mover los hombros, para abrazarse sin perder la cadencia… un experimento que se llame como “Cachacos con swing” y en el cual se quiten la presión de moverse con ritmo, y se muevan sin miedo, sin pensar en que tienen que dar vueltas y vueltas, brincar y hacer creer que se divierten tirando pase…
Pero me gusta de algunos cachacos que se atreven a bailar y no se dejan echar cuento… bailan así sea sin saber qué es lo que oyen… no se dejan meter presión de cómo lo hagan los costeños o los caleños –que también tienen buen sabor- que tengan cerca… ellos no tienen que ver con pena, con la popular excusa de “yo no sé bailar” que a veces decimos los costeños cuando no queremos hacerlo…
Los cachacos bailan a su manera… es chévere verlos bailar. Dan vueltas y los brazos parecen hechos con chicle… estiran se doblan, se retuercen. Para mí, verlos bailar, es bacano… se divierten, se ríen… se gozan su ratico, pa’ qué. Pero yo sí le doy gracias a Dios por haberme hecho costeña… y bailar cumbia, porro, salsa o lo que me pongan. 

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